Alfonsina
Sentado en su sofá preferido, color negro, puso su música de Filadelfia y sin pedirle más a la vida soñó... Él era una persona solitaria, de pocos amigos, encerrado en su mundo, un mundo lleno de recuerdos amargos y difíciles de olvidar. Vivía a espensas que algún día Dios se apiadará de él y le recompensará con una criatura divina que vivía en sus sueños y deseaba se convirtiera realidad. Así fueron transcurriendo los años, y Dios no le respondía. Un día, después de haber contemplado muchas lunas, se encontraba en Time Square en Nueva York. Lugar repleto de seres diferentes, viviendo en constante ir venir, cada uno enajenado de la realidad. ¿Qué es esto se preguntó? Mientras veía el conglomerado de seres humanos caminar sin tiempo para mirar a su alrededor, el tiempo solo le daba para correr a trabajar y disfrutar la vida en un continuo éxtasis desenfrenado. En aquel lugar tan común, tan poco religioso y tan profano, eleva otro ruego pidiéndole a Dios: Por favor apiádate de mí, no permitas que mi vida transcurra como un ser que no pueda dejar huellas de amor en un ser maravilloso como es un ser deseado y amado. Así, fueron transcurriendo los días, las noches y la vida sin una respuesta digna de parte de Dios.
Regreso de ese destierro para volver a vivir sus momentos de soledad, se desvelaba sudando y padeciendo del dolor de la pasión y el sexo frustrado. Vivió, vivió y vivió en su cueva soñando con una ilusión imposible de alcanzar. Su carácter retraído, se torno hostil, la bebida fue su consuelo y la droga su compañía para alucinar fantasías sexuales.
Mientras tanto, la vida se le iba apagando, su espíritu iba muriendo, él iba envejeciendo, sus fuerzas disminuían y la intensidad por vivir desfallecía. No podía concentrarse, sufría de una pena infinita como la viven los muertos en el limbo imposible de reemplazar. Su timidez nunca le permitió acercarse a mujer alguna, su estado poco social no le permitía poner los pies fuera del portón de su apartamento y la depresión lo iba consumiendo como se consumen las velas que se encienden en las iglesias para pedirle a los santos por un milagro.
Perdió el apetito, perdió el deseo de presumir, perdió el deseo de vivir, sin tener la oportunidad de conocer el amor verdadero.
Una mañana al despertar decidió emprender el camino a un lugar que él solo conocía donde era su refugio para meditar, soñar y hablar con Dios. Volvió a implorar a Dios, pero esta vez fue diferente; le pidió que quería terminar su agonía en la tierra, que no tenía por quién vivir, ¿qué era la vida si no existía el amor? ¿Cómo podía soportar tan amargo cáliz que tenía que beber día a día sin esperanza alguna?
Mientras regresaba de su caminata, decidió reintegrarse una vez más a su trabajo esperanzado en conseguir su final por las carreteras inmundas de este país. Al día siguiente, se encontró en su trabajo orientando a Alfonsina. Ella, aunque parecía una muchacha joven, ya era una mujer, inteligente, esbelta y determinada en su tema de investigación. Este interés que él descubrió en ella por superarse como profesional, le impacto y decidió ayudarla. Ambos eran diferentes, ambos estaban faltos de algo. ¿Por qué? Se preguntaba ella dedicaba la mayoría de las horas de su vida a esta investigación, ¿por qué?, Eligió este tema tan controversial y tan difícil de trabajar para una mujer. Mientras se debatía en un mar de preguntas, la iba observando lentamente. Comenzó con su rostro, una cara expresiva, ojos grandes verdes, su cuerpo maduro pero atlético perspiraba pasión, sensualidad y sexualidad. Vestía, él nunca lo olvidarí,a una camisa ceñida a su cuerpo, donde se podía notar sin dificultad el contorno de sus senos. Su camisa tenía botones entre unos y otros se podía ver su piel suave y tersa. Tenía un perfume que invitaba hacerle el amor y sus manos delicadas y finas invitaba a ser tocadas por unas manos varoniles.
Buscando los libros rozaron los cuerpos y una electricidad invadió su cuerpo reconociendo al instante que su órgano viril estaba despierto. Sin que ella se percatará la volvió a observar y se llevó su imagen intacta a su rincón. Durante varios días no podía reconciliar el sueño, sólo pensaba como podía llegar a ella sin que lo rechazará.
Se volvieron a citar, esta vez fue en un bar para discutir temas acerca de su investigación. Alfonsina apareció deslumbrante estaba vestida de negro, con un traje escotado recatadamente pero que a su vez le hacia honor a sus senos firmes. Dejaba ver su tatuaje en la espalda como un símbolo de rebeldía e independencia ante la sociedad, digna de una mujer liberada, que no le interesa el que dirán. Al sentarse cruzó sus piernas, llevaba sandalias y sus pies finos y largos se veían deseables. Su perfume era como el aroma que envolvía a uno en un vals de olores exóticos que despertaban hasta lo más recóndito deseo salvaje en un hombre. Su presencia sin embargo, era simple, no presumía de su belleza física, ni intelectual, en cambio era una mujer que no tenía que tratar de llamar la atención porque llevaba con ella el aura de la seducción y del alma libre que todo hombre desea poseer.
Esa noche entre cigarrillos y copas de vinos, la conversación fue acrecentando paulatinamente creando una necesidad de continuar hasta que el sol comenzará a nacer en el horizonte, en ese momento donde se deleitaban conversando de temas en comunes, de momento hubo un silencio, estaban tan cerca que se rozaban los rostros, cesaron de hablar, se miraron y sin emitir una sola palabra se besaron intensamente, como si se conocieran de toda la vida.
Esa noche fue de él, la poseyó, estuvo dentro de ella, sintió el fuego de la pasión, sintió el éxtasis de la lujuria y el sentimiento del amor. No sabía si la volvería a ver, no sabía si sería de él, no sabía si estaría a su lado nuevamente. Pero sí sabía que había conocido el amor, la pasión y el deseo de permanecer con ella toda una vida. Esa noche al llegar a su apartamento se sentó en un sofá su preferido color negro, puso la música de Philadelphia y sin pedirle más a la vida se entregó a soñar, a soñar y soñar...Con la felicidad que se siente al descubrir que existen seres preciosos a los cuales Dios le pone en el camino para regalarle el don de vivir y la fortaleza para poder esperar muchas lunas más por ella o por el amor que estaba seguro que volvería a reposar en su alcoba como ella se posó la noche en que no se asomaron la luna, ni las estrellas.

